Mini Mundo Oboe - Música, oboe, educación y otras cosas sin importancia

¡Que viene la quinta!

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Llamadme loco, pero hoy os voy a confesar algo: ¡siento predilección por las canciones número 6 de cualquier álbum! 

¿Os he arrancado al menos una sonrisa? No disimuléis, seguro que vosotras y vosotros también tenéis vuestras manías. La cosa viene de lejos, la verdad (momento “abuelo cebolleta”), de cuando se compraban discos en CD. Resulta que llegó a mis manos el flamante “Ballbreaker” de AC/DC, un álbum que incluye el tema “Hard as a Rock”, con uno de los riffs más famosos de la historia del rock. Pero a mí me llamó más la atención la pista número 6, “Burnin’ Alive”, que se convirtió en uno de mis temas favoritos por mucho tiempo. En consecuencia, desde entonces mi atención hacia la pista número 6 de cualquier otro disco fue mucho mayor, e incluso mi ánimo por que esa pieza me gustase aumentó considerablemente.

Os habréis dado cuenta de que en ese momento mi gusto musical dejó de ser “puro”, si me permitís el término. De hecho, el haber elegido ese tema como mi favorito me alejaba de una gran mayoría de aficionadas y aficionados que lo consideraban muy por debajo de otros pertenecientes al mismo álbum. Si bien en esta ocasión mi criterio estético prevaleció por encima de la opinión general, desde ese momento dicho criterio fue superado por otros condicionantes ajenos a la propia música. ¡Yo deseaba que las canciones número 6 de todos los discos fueran las mejores!

Y aquí es donde viene la quinta

Volvamos a los números. La manía del seis es mía y espero no haberos inducido a seguirla, pero existen otras influencias de número mucho más globales y poderosas en el mundo de la música clásica. En concreto en el mundo sinfónico. Si digo “La quinta de Beethoven” seguramente al 90% de todas y todos vosotros os viene a la cabeza el “TA TA TA CHaaaaaN”, ¿a que sí? Es una pieza que cambió el mundo de la música por su energía, su fuerza, el trabajo magistral del motivo y mil cosas más. A Beethoven le pareció muy bien haber compuesto una obra de arte así, y continuó haciendo otras piezas como si nada. De hecho una vez terminada su novena sinfonía, la quinta parecía casi un juego de niños (menudo juego)

Después Beethoven se murió y ya no hizo más sinfonías

Otras compositoras y compositores llegaron después. Pero, ¡ay!, ya nada era igual. Tú podías componer una primera sinfonía dándolo todo: tus mejores melodías, tus giros estructurales más originales, lo que hiciera falta con tal de hacerte ver. Si lo lograbas lo demás era coser y cantar, te podías relajar un poco porque la gente ya te conocía y tenía ganas de escuchar tu música. Vida fácil.

¡hasta que llegaba la quinta!

Dichoso Beethoven, tenía que haber dado la vuelta a la música, no podía haberse estado tranquilo. Sí, ahora todo el mundo abría las orejas como ensaladeras cuando llegaba la quinta sinfonía de un nuevo genio.

¿Y por qué no se hundía nadie al llegar a este número? Fácil, en realidad el cinco era más bien una barrera psicológica. Además de los mimos y cuidados que compositoras y compositores ponían en su quinta sinfonía, ésta tenía en realidad más posibilidades de pasar a la historia que las cuatro anteriores. ¿Recordáis el comienzo del artículo y mis ganas de que todas las canciones número 6 fueran buenas? ¡Sí! Desde entonces y hasta ahora prácticamente todas y todos nosotros, sin darnos cuenta prestamos más atención a estas piezas, y deseamos en lo más profundo de nuestro ser que sean excelentes.

Y claro que lo son, qué os voy a contar, ¡las canciones 6 y las sinfonías 5 son geniales!

Me encantaría terminar el artículo con la frase anterior, pero si vais a comenzar a componer sinfonías, o ya estáis en ello, ¡no os confiéis! ¿Qué me contáis de la novena de Beethoven, esa que dejó a la quinta como un juego de tres en raya? No digo más, sin temor a equivocarme

¡las canciones 6 y las sinfonías 5 son geniales, pero las sinfonías 9 “se salen”!

Bueno, la novena de Shostakovich se sale, pero del tiesto. Aunque esto es otra historia, quizá en otro momento…

 

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