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La vieja Tata

by andresparada 0 Comments


A Pedrito no le gustaba jugar con la vieja Tata. Siempre que lo hacía terminaba enfadándose. Daba igual que ganase o que perdiera, siempre terminaba molesto de un modo u otro.

Cuando jugaba con Papá, o con Mamá, todo era mucho más fácil. Jugase a lo que jugase, siempre obtenía una fácil victoria. Si retaba a cualquiera de los dos a una partida de parchís, siempre terminaba ganando como por arte de magia; los dados parecían embrujados y las fichas de sus oponentes se situaban delante de las suyas propias tirada sí y tirada también. Si el juego era de cartas era necesario hacer varias partidas, porque Pedrito ganaba con tal facilidad que le sabía a poco una sola victoria.

Con la Tata, sin embargo, todo era mucho más difícil. En el parchís había días que hasta le dolía la cabeza de tanto pensar qué ficha mover. La vieja Tata no le andaba a la zaga, y tal era su estado de concentración durante las partidas que a veces ambos olvidaban merendar, o cenar. Jugando a las cartas era raro llegar a las tres partidas, y por supuesto no todas las ganaba Pedrito. La Tata al menos lograba una victoria, si no dos o incluso las tres del día. En estos últimos casos la rabia invadía al niño, que llegaba a tirar todas las cartas al suelo, o se iba a casa sin decir siquiera adiós.

Pero a Pedrito casi le enojaba aún más ganar a la anciana. Cuando ganaba a Mamá o a Papá la fiesta de estos últimos era enorme, los aplausos y felicitaciones llegaban a oídos de los vecinos, que a la mañana siguiente también felicitaban al niño. Otra cosa era ganar una partida a la Tata. No es que no fuera agradable, pero para nada llegaba el festejo al nivel que Pedrito deseaba; la Tata, cuando perdía una partida, sonreía son satisfacción y felicitaba al pequeño con la calma que a veces sólo proporciona la edad.

El tiempo pasó y los juegos cambiaron: damas, ajedrez, juegos de mesa, adivinanzas, charlas…, los momentos que Pedro y la anciana compartieron durante años colmaron sus corazones.

Cuando la vieja Tata murió, un mar de lágrimas y lamentos recorrió las calles y casas del barrio. Pedro, triste pero calmado, sólo pudo tener un pensamiento: su vieja Tata realmente había disfrutado de la partida.

 

Andrés Parada. Octubre 2018

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