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La colisión

by andresparada 0 Comments

Todos los habitantes sabían que ocurriría, pero nadie pudo hacer nada. Ni siquiera las mentes más brillantes del planeta BR1-CK, más conocido como Brick pudieron evitar que la enorme luna que los había acompañado durante milenios chocase de lleno contra la superficie de su querido mundo, el cual se rompió en mil pedazos.

La comunidad científica, de cualquier forma, no había estado parada durante los últimos cientos de años. Sabiendo que el acontecimiento no podría ser evitado, se apostó por la creación de un nuevo cuerpo de expertas y expertos conocidos como «reconstructores».

Entrenados durante décadas, día y noche bajo condiciones extremas, reconstructoras y reconstructores no dudaron en ponerse a trabajar desde el momento mismo de la colisión. Unas y otros evaluaban lo que veían con increíble rapidez y organizaban todo con precisión y profesionalidad:

— ¡Vamos, vamos, que no hemos venido de vacaciones! A ver, ¿dónde van las ramas?… ¿y las ventanas?

— ¡Yo tengo un par de orejas y un bolígrafo!

— En el montón de tu derecha

— ¿Esto qué te parece, parte de una jirafa o de una farola?

— Yo creo más bien que es una pata de elefante, déjala a tu espalda…

Jamás ha habido en la historia una operación de tal envergadura completada con mayor éxito: En unos pocos días la reconstrucción de Brick y los seres que habitaban el planeta fue completada, y se celebró una fiesta en honor del cuerpo de reconstructores como nunca se había visto.

Hubo pequeños fallos. Eran inevitables, pero nada importantes. Sabiendo del enorme trabajo realizado, nadie se escandalizaba por tener una oreja un poco más grande que la otra, o de haber cambiado el color o forma de su pelo.

A nadie extrañó tampoco que hubiese algunas quejas. Claro, a aquél pobre vecino le habían puesto un colador en lugar de su antiguo lavabo, y al señor Manuel, el frutero, le habían cambiado las naranjas por clavos y tuercas. En la librería habían llenado una estantería con lonchas de jamón, y en el aeródromo no había quien volase con esas tablas de surf que alguien, debido a las prisas, había confundido con alas de avión.

Tal y como estaban las cosas, la gente comenzó a poner anuncios en los periódicos, o pequeños carteles en las calles: «se busca cola de perrito, blanca, enroscada y corta», o «cambio pie derecho de la talla 45 por talla 36». Así fue como Lucía, vecina del barrio de Martirios, se deshizo de aquella pesada orejota de elefante y recuperó su querido pabellón auditivo de toda la vida. A Juan, el famoso jugador del Cosmos, le costó un poco más recuperar su zurda de oro, pero al final el niño que la tenía comprendió que nada podría hacer con una pierna tan grande.

Poco a poco, todo el mundo fue intercambiando las piezas que no habían quedado perfectas en aquel puzzle gigante en que se había convertido aquel planeta. Lo curioso de toda esta historia es que este acontecimiento, que a cualquiera nos puede parecer terrible, promovió la comunicación y las relaciones entre los habitantes de BR1-CK, un mundo hasta el momento asocial y condenado a la desaparición. Gracias a los intercambios la gente se reencontró con el placer de una buena charla, de escuchar en directo la risa de sus vecinos, o de abrazar a un amigo.

Por no contar lo divertidas que fueron las fiestas de carnaval desde ese momento, ya os podéis imaginar…

Andrés Parada, Enero 2020

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