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Hufflepuffle

by andresparada 0 Comments

Hufflepuffle es el inventor que todos tenemos en la cabeza. Sí, ese señor mayor, con gafas y pelo desaliñado, amable, de mirada perdida y despistado como solo puede serlo un personaje de cuento

Hace no mucho Hufflepuffle terminó muy orgulloso su último invento. Estaba contentísimo porque llevaba ya un par de días comiendo poco y a deshoras, así que no tardó ni un instante en probar la prodigiosa máquina. Esta última parecía más bien una varita de mago, aunque metálica y con unas cuantas luces aquí y allá.

—Vaya, ¡tengo un hambre que me comería una sartén!

No encontró ninguna a mano, pero el viejo brasero que había bajo su mesa se le antojó bastante adecuado. Apuntó su invento hacia el aparato y… ¡PUF!, en un instante se convirtió en un brasero de chocolate, cable incluido.

Podéis imaginar la cara de satisfacción del viejo inventor cuando terminó de zamparse el inútil cacharro en unos cuantos bocados. Y como era bastante glotón decidió convertir en chocolate también la lámpara; y el paraguas, que haría de postre.

Hufflepuffle no se sintió muy bien consigo mismo tras comer con tanta voracidad, por lo que decidió dar un paseo por el barrio.

—¡Si está lloviendo!, ¿dónde habré puesto el paraguas?— no recordaba que se lo había comido hacía unos minutos

El paseo fue pasado por agua, no muy agradable. Aunque lo peor fue volver a casa y darse cuenta de que tampoco encontraba su querido brasero, ¡con el calorcito que daba! Además, busca que te busca se dio un buen golpe en la cabezota.

—Claro, sin luz es difícil encontrar nada, ¿dónde habré metido la lámpara?

Así pasaron varios días, en los que Hufflepuffle disfrutaba y sufría a la vez su invento. Echaba de menos ropa, elementos de la casa, documentos, ¡hasta el volante de su coche! y no era capaz de recordar que todo se lo había comido él mismo en forma de delicioso chocolate.

Así de preocupado acudió al doctor Larús, un reputado psicólogo. El inventor intentaba explicarle sus problemas al diplomado mientras este último veía perplejo cómo su querida mesa desaparecía bocado a bocado, convertida en chocolate.

Hufflepuffle se puso de pie en un momento de su discurso, bastante enfadado.

—¡Me da la impresión de que no le importa nada de lo que le digo, no hace más que mirarme con ojos extrañados, a ver si se centra hombre!

El viejo inventor fue a sentarse en su butaca sin darse cuenta de que entre reproche y reproche se la había comido, dándose un buen golpe en salva sea la parte.

—¡Lo que faltaba, qué poca consideración! ¿Se cree gracioso quitándome el sillón? ¡Podía haberme hecho mucho daño! ¿Sabe qué?, me voy de esta consulta tan cutre, ¡al menos podía poner una mesa!

Dicen que el doctor Larús aún anda con la boca abierta.

La cosa podía haber ido a más, pero un golpe de fortuna presentó la solución al problema de Huffelpuffle.

Una mañana el profesor andaba bastante adormilado. Mientras trataba de convertir su lavabo en chocolate, el circuito principal de su «chocolateador» se mojó. El cortocircuito hizo que el invento se convirtiera a sí mismo en chocolate y Hufflepuffle se lo comió de un bocado sin siquiera reparar en ello.

Él es tan despistado que no se acuerda para nada de todo esto, así que os pido que guardéis el secreto de la historia, no se la vayáis a contar, ¡shhh!

Andrés Parada, Enero 2020

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