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El Muro

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El muro era imponente, colosal. Más de 1000 soldados lo protegían día y noche. Un gesto sospechoso, una mirada un segundo más larga de lo esperado y tus problemas no habrían hecho más que comenzar. Los gigantescos portones de entrada eran de hierro, tan gruesos y pesados que hacían falta 20 bueyes para abrirlos y cerrarlos mediante un sofisticado sistema de poleas.

Sus constructores lo habían tenido claro desde el principio: nadie podría entrar en aquella ciudad sin una verdadera demostración de ser merecedor de tal privilegio. Quien tuviera los arrestos necesarios como para querer acceder allí adentro, tendría que superar siete abrumadoras pruebas. A saber:

Cazar al gran tigre rayado, demostrar ser más fuerte que el oso gigante, recuperar un diminuto pendiente del fondo del gran lago central, saltar al otro lado del gran cañón, reparar la gran campana del templo, pasar una noche en el valle de la muerte y hacer reír al herrero.

Por suerte, Fran el herrero estaba retirado hacía tiempo y su hijo Roberto el herrero no podría aguantar tu mirada sin reír aunque le fuera la vida en ello. Este último además, vio un suculento negocio en los terrenos malditos del valle de la muerte. Hacía años que los había adquirido a precio de saldo y sobre los mismos había construido una gran urbanización no exenta de hoteles de lujo y pequeños pisos de alquiler.

Todo el mundo en la ciudad sabe que la gran campana hace tiempo que duerme en el museo, al ser sustituida por un potente altavoz que no necesita reparación ninguna.

El gran cañón podrías cruzarlo de un salto con enorme entrenamiento y esfuerzo, si estás dispuesto a correr el riesgo de caer al vacío. Aunque quizá la forma más divertida y sana de cruzar sea a la pata coja, y hacia atrás si gustas, siempre que lo hagas sobre el moderno puente que lo cruza hace varias décadas. El diminuto pendiente hace mucho que fue recuperado por un tal Tomás «el pescado», por lo que no tienes más que acudir a la estatua que se construyó en su honor y tomarlo prestado.

En cuanto al oso y al tigre yo no me preocuparía. Uno y otro vivieron sus momentos de juventud con enorme pasión, desmembrando a aguerridas aventureras y aplastando a fornidos guerreros aquí y allá, pero hoy no son más que una sombra de lo que fueron. Puedes mimarlos y puedes acariciarlos pero, por caridad, no se te ocurra enfrentarte a esas pobres criaturas.

Ya ves que en la actualidad cualquiera que tenga el ánimo para dedicar un poco de su tiempo a cumplir estas pruebas puede entrar en la ciudad. Tales requisitos se mantienen no obstante, y son prácticamente igual de útiles que antaño, pues hoy en día no todo el mundo tiene desarrollado el sentido de la paciencia, ni está dispuesto a “malgastar” unos minutos de su valioso tiempo en pruebas tan ridículas.

¡Ay, si supieran de las maravillas que se esconden allí!

Andrés Parada, Agosto 2018

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