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El gigante de los 100 dedos

El gigante de los cien dedos tenía dedos para todo. Tenía un dedo especializado en rascar su enorme cabeza, tenía un dedo dedicado en exclusiva a recoger migajas de la comida y meterlas en su boca, tenía un dedo dedicado a indicar lo caminos a otros gigantes perdidos que viajaban por sus tierras. También tenía dedos un poco más extraños. Por ejemplo, uno estaba tan retorcido que podía utilizarlo como tenedor.

El gigante podía hacer que uno de sus 100 dedos se iluminase o se apagase. Cuando hacía esto último, si estaba muy cansado siempre podía dormir un poco sobre su mullido dedo con forma de almohadón. ¡Si hasta tenía un dedo que hacía de llave de su castillo!

¿Cómo llegó a tener cien dedos nuestro gigante, y con cualidades tan maravillosas?

Todo comenzó por casualidad. El gigante siempre fue un poco perezoso, pasaba días y días sentado en su sillón preferido. No es por excusarlo, pero hay que comprender que un gigante tiene que hacer un enorme esfuerzo para mover todo su cuerpo.

Sentado en su sillón preferido, un día el gigante fue a cambiar el canal de su televisor, con tan mala suerte que el mando se había quedado sin pilas. El gigante deseó con todas sus fuerzas poder estirar el brazo para llegar hasta el aparato, ¡vaya susto se llevó cuando uno de sus dedos creció y creció hasta cambiar de canal! Una vez superado el momento de sorpresa el gigante se alegró mucho por su suerte y pasó el resto de la tarde viendo películas. El dedo no volvía a su estado original, pero al gigante no le importó, ¡ya no tendría que comprar más pilas!

Al día siguiente, nuestro sorprendente gigante preparó un buen libro junto a su sillón y una enorme taza de chocolate. Se sentó a disfrutar de la tarde y… ¡había olvidado la cuchara para remover el chocolate!

—¡Vaya!—, pensó, —si utilizo un dedo para remover el chocolate, ¿me quemaré?

Como no le apetecía levantarse no tuvo más remedio que intentar la osada maniobra, con el resultado que estáis esperando: su dedo se convirtió en una perfecta cuchara para remover y saborear el chocolate. Tampoco volvió a su forma original, pero al gigante le encantaba el chocolate y no le importó tener un dedo-cuchara.

Día tras día los dedos del gigante se fueron convirtiendo en herramientas, en objetos, en adornos o adquirieron funciones de lo más curiosas. Cuando sus diez dedos originales estuvieron ocupados, al gigante le comenzaron a crecer otros conforme los necesitaba: 11, 12, 15, 29, 55… así hasta cien.

El gigante llamó a su mamá para contarle los prodigios que había descubierto en los últimos días, y esta última no se mostró muy sorprendida. Y es que se dice que el papá del gigante era el famoso mago Merlín, pero nadie lo ha podido comprobar nunca. Estos magos, son tan reservados…

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