Mini Mundo Oboe - Música, oboe, educación y otras cosas sin importancia

El gigante de los 100 dedos

El gigante de los cien dedos tenía dedos para todo. Tenía un dedo especializado en rascar su enorme cabeza, tenía un dedo dedicado en exclusiva a recoger migajas de la comida y meterlas en su boca, tenía un dedo dedicado a indicar lo caminos a otros gigantes perdidos que viajaban por sus tierras. También tenía dedos un poco más extraños. Por ejemplo, uno estaba tan retorcido que podía utilizarlo como tenedor.

La aldea de Pley

En la aldea de Pley vivían 100 papás, 100 niños, 100 gatos, 100 ratones y 100 abejas. Cada papá cuidaba de su niño, que a su vez cuidaba de un gato. Cada gato cuidaba de un pequeño ratón. Os parecerá increíble, no me preguntéis cómo ni por qué, pero cada ratón cuidaba de una abeja con suma delicadeza.

Cada una de las 100 abejas producía a diario un tarro de deliciosa miel que obsequiaba sin pedir nada a cambio a uno de los 100 papás. Con ella los papás se mantenían saludables y llenos de energía para cuidar de sus niños.

Un día, uno de los papás tuvo que salir de viaje por un motivo inexcusable. Su niño se quedó solo y no se acordó de cuidar a su gato. El gato, ofendido y hambriento, trató de cazar a su ratón. Este último no pudo hacer otra cosa que esconderse, imaginaréis que ni se le pasó por la cabeza cuidar de su pequeña abeja. La abeja, viendo que se había quedado sola, decidió marcharse a otro lugar donde fuera valorada tanto como merecía.

El cangrejo que caminaba hacia atrás

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El cangrejo Peco no sabía andar hacia delante. Por más que lo intentaba no lo conseguía, y eso era un verdadero problema para él.
Pero, ¿cómo?, ¿los cangrejos no caminan hacia atrás?¡Vaya tontería de cuento!, estarás pensando. Es que este cuento ocurrió hace mucho, mucho tiempo, en una época en la que todo era muy distinto…
Todos los cangrejos caminaban hacia delante. Si bien cuando eran bebés tenían una fase de maduración en la que lo hacían hacia atrás, todos terminaban aprendiendo la forma correcta. Por eso los papás de Peco estaban tan preocupados, su pequeño cangrejo se había negado desde bebé a probar siquiera a caminar hacia delante, y ahora que había crecido no lograba hacer más de dos pasos en la dirección correcta por más que lo intentaba.
Y vaya si lo intentaba. Peco dedicaba un buen rato todas las tardes a practicar con Mina, su mejor amiga. Ella le daba pequeños empujones en la dirección adecuada, pero parecía que las patas de Peco se negaban a avanzar en contra de su naturaleza. Visualizaba cada paso, como le había enseñado la doctora: “una pata, otra,…”, pero a la hora de la verdad… ¡nada! Leer más…

La vieja Tata

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A Pedrito no le gustaba jugar con la vieja Tata. Siempre que lo hacía terminaba enfadándose. Daba igual que ganase o que perdiera, siempre terminaba molesto de un modo u otro.

Cuando jugaba con Papá, o con Mamá, todo era mucho más fácil. Jugase a lo que jugase, siempre obtenía una fácil victoria. Si retaba a cualquiera de los dos a una partida de parchís, siempre terminaba ganando como por arte de magia; los dados parecían embrujados y las fichas de sus oponentes se situaban delante de las suyas propias tirada sí y tirada también. Si el juego era de cartas era necesario hacer varias partidas, porque Pedrito ganaba con tal facilidad que le sabía a poco una sola victoria.

Con la Tata, sin embargo, todo era mucho más difícil. En el parchís había días que hasta le dolía la cabeza de tanto pensar qué ficha mover. La vieja Tata no le andaba a la zaga, y tal era su estado de concentración durante las partidas que a veces ambos Leer más…

La reina sabia

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La reina Mara era sin duda la monarca más importante que había tenido el antiguo pueblo de Tarmolín. Ricos, pobres, viajeras y viajeros, emisarios de otros reinos, …, toda persona que tuviese la suerte de conocerla quedaba absolutamente sorprendida de la paciencia, sabiduría y capacidad que tenía la reina para manejar cualquier situación.

Las malas lenguas decían que no todo era mérito suyo. En algún momento de su vida la reina había encontrado un objeto arcano, mágico, que tenía el poder de ofrecer a la dama la mejor solución a cualquier problema que se presentase. Tal objeto se decía que estaba guardado en la cámara real, bajo llave y a buen recaudo de fisgones y curiosos.

Estos rumores pasaron poco a poco a formar parte de la sabiduría popular, y la gente comenzó a fijarse muy bien en la forma de actuar de la reina. Así fue cómo Mario, el capitán de sus ejércitos, comenzó a sospechar que todos aquellos dichos y diretes fueran ciertos pues la reina, ante una amenaza de los vecinos del norte, abandonó el consejo de guerra para meditar en su cámara. Una vez salió de la misma parecía saber con total precisión de qué forma tenía que actuar su ejército para evitar una sangrienta guerra.

Ramón era primo de Mario, pero no sospechó de la soberana por habladurías del primero. Leer más…