Mini Mundo Oboe - Música, oboe, educación y otras cosas sin importancia

Hufflepuffle

by andresparada 0 Comments

Hufflepuffle es el inventor que todos tenemos en la cabeza. Sí, ese señor mayor, con gafas y pelo desaliñado, amable, de mirada perdida y despistado como solo puede serlo un personaje de cuento

Hace no mucho Hufflepuffle terminó muy orgulloso su último invento. Estaba contentísimo porque llevaba ya un par de días comiendo poco y a deshoras, así que no tardó ni un instante en probar la prodigiosa máquina. Esta última parecía más bien una varita de mago, aunque metálica y con unas cuantas luces aquí y allá.

—Vaya, ¡tengo un hambre que me comería una sartén!

No encontró ninguna a mano, pero el viejo brasero que había bajo su mesa se le antojó bastante adecuado. Apuntó su invento hacia el aparato y… ¡PUF!, en un instante se convirtió en un brasero de chocolate, cable incluido.

La llave

—¡Vaya, puede que hoy no sea un mal día al fin y al cabo! , pensó el viejo marinero. Había pescado una llave de oro, brillante y bien pulida.

— Quizá sea del Viejo Barco. El Viejo Barco, con mayúsculas, era una antigua nave de recreo que los lugareños habían encontrado varada hacía décadas. Nadie sabía a quién pertenecía, y nadie había podido acceder a sus bodegas, debido a la pesada puerta blindada que las protegían.

El anciano se dirigió al Viejo Barco inmediatamente, sin pasar por casa, convencido de que allí encontraría un gran tesoro con el cual sorprender a su familia. De ahí su gran desilusión cuando pudo comprobar que su inmaculada llave no abría la puerta de la misteriosa bodega.

No se desanimó del todo, esa llave podría abrir cualquier cosa: un diario secreto con valiosa información, un armario lleno de antiguas reliquias o, quién sabe, quizá pudiera ser la llave del mismísimo cofre del tesoro del pirata Calino.

Miraba nuestro viejo marinero su llave en el embarcadero a la puesta de sol cuando, de repente, un pez saltó del agua y agarró su recién adquirido tesoro.

—¡Será posible! —, pensaba el pescado, —¡se despista uno un segundo y le birlan la llave de casa!

Andrés Parada, Junio 2019

Akka

HK24, curioso este diminuto planeta, el más pequeño de la desconocida galaxia If. Allí todo flota: los edificios, los bancos de los parques, árboles, personas, objetos cotidianos, animales domésticos y, por supuesto, las aves. Estas últimas tienen la ventaja de ser mucho más veloces que el resto de seres flotantes, pues de lo contrario lo pasarían bastante mal para escapar de los traviesos gatos domésticos.

HK-24, o Akka, como lo llaman sus gentes, comparte con la Tierra la desmesurada afición de sus habitantes por el deporte. Allí se hacen carreras, competiciones de lucha y pruebas de salto. Estas últimas son bastante aburridas, porque los saltos sólo terminan cuando el atleta o la atleta en cuestión está tan cansado como para ir a dormir. No olvidemos que todos los Akkanos flotan.

Si aquí en la Tierra el deporte rey es el fútbol, en Akka todos los habitantes están locos por un juego de equipo conocido como golfur. 

El Rey de Rayen

El rey de Rayen tenía una curiosa manía: cada noche, antes de dormir, tenía que probar varios sombreros. Grandes, pequeños, de ala ancha o estrecha, de copa, o incluso gorras. El monarca no se iba a dormir hasta haber encontrado un sombrero de su gusto.

Le gustaba probar esos sombreros con una elegante pluma y le gustaba comprobar si con ella podía hacer cosquillas a sus ayudantes; le gustaba probar elegantes sombreros de copa, cuanto más altos, mejor. Le gustaba probar sombreros enormes, con adornos que podrían decorar toda una fiesta ducal, y le encantaba encontrar sombreros de mago para después buscar y perseguir a los sorprendidos conejos.

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El gigante de los 100 dedos

El gigante de los cien dedos tenía dedos para todo. Tenía un dedo especializado en rascar su enorme cabeza, tenía un dedo dedicado en exclusiva a recoger migajas de la comida y meterlas en su boca, tenía un dedo dedicado a indicar lo caminos a otros gigantes perdidos que viajaban por sus tierras. También tenía dedos un poco más extraños. Por ejemplo, uno estaba tan retorcido que podía utilizarlo como tenedor.