El muro era imponente, colosal. Más de 1000 soldados lo protegían día y noche. Un gesto sospechoso, una mirada un segundo más larga de lo esperado y tus problemas no habrían hecho más que comenzar. Los gigantescos portones de entrada eran de hierro, tan gruesos y pesados que hacían falta 20 bueyes para abrirlos y cerrarlos mediante un sofisticado sistema de poleas.

Sus constructores lo habían tenido claro desde el principio: nadie podría entrar en aquella ciudad sin una verdadera demostración de ser merecedor de tal privilegio. Quien tuviera los arrestos necesarios como para querer acceder allí adentro, tendría que superar siete abrumadoras pruebas. A saber:
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