Mini Mundo Oboe - Música, oboe, educación y otras cosas sin importancia

Classic of The Week – Semana 30

Concierto de Brandemburgo nº2 (III) – Bach

Si tuvieras la esperanza de que existieran otras especies en el universo y tu misión fuera elegir una selección de los sonidos más representativos que definen a la humanidad y a nuestro planeta, ¿qué incluirías en dicha grabación?

Seguro que ya lo sabías, pero este disco ya se envió al espacio en 1977 con las Sondas Voyager. Podrás imaginar también que he hecho referencia a la grabación porque nuestro Classic está incluido en la misma. No exactamente este tercer movimiento, sino el primero de este Concierto de Brandemburgo número 2 del genio de Eisenach.

La pieza pertenece a una colección de seis conciertos que Bach dedicó al Marqués de Brandemburgo Christian Ludwig en 1721. Podemos detenernos un minuto en la dedicatoria y hacer una pequeña observación después.

Como he tenido la suerte hace unos años de ser escuchado por su Alteza Real, a las órdenes de Su Alteza, y como me percaté entonces de que Su Alteza tuvo algún placer en los pequeños talentos que Dios me ha dado para la música, y como al despedirse Su Alteza Real se dignó honrarme con la orden de enviar a su Alteza algunas piezas de mi composición: De conformidad con las órdenes más corteses de su Alteza he tomado la libertad de hacer mi más humilde deber a Su Alteza Real con los presentes Conciertos, que he adaptado a diversos instrumentos; rogando humildemente a su Alteza que no juzgue su imperfección con el rigor de ese gusto exigente y sensible, que todo el mundo sabe que Él tiene para las obras musicales, sino que más bien tome en benigna consideración el profundo respeto y la más humilde obediencia que yo así trato de mostrarle

https://es.wikipedia.org/wiki/Conciertos_de_Brandeburgo#cite_note-Baroquecds-5
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El gigante de los 100 dedos

El gigante de los cien dedos tenía dedos para todo. Tenía un dedo especializado en rascar su enorme cabeza, tenía un dedo dedicado en exclusiva a recoger migajas de la comida y meterlas en su boca, tenía un dedo dedicado a indicar lo caminos a otros gigantes perdidos que viajaban por sus tierras. También tenía dedos un poco más extraños. Por ejemplo, uno estaba tan retorcido que podía utilizarlo como tenedor.

Classic of The Week – Semana 29

Concertino para flauta y orquesta – Chaminade

Este Concertino es una de las pocas composiciones de Cécile Chaminade que han sido grabadas comerialmente. Un caso llamativo, ya que sus piezas fueron conocidas y muy valoradas en toda Europa y Estados Unidos, y su maestría como compositora no pasó inadvertida en la época. Cécile paseó su éxito por todo el mundo: su gira por Estados Unidos tuvo un éxito tan rotundo que fue recibida por el presidente Roosevelt y la reina Victoria de Inglaterra llegó a recibirla con todos los honores en el palacio de Windsor.

Chaminade es la primera compositora de la historia que pudo dedicar su vida a la composición y vivir de la misma. No con pocas dificultades, porque su padre estuvo mucho tiempo empeñado en que fuera una buena mujer burguesa, «buena madre y esposa». Sólo el empeño e insistencia de Bizet, que había sido testigo de su maestría cuando ella era muy pequeña, logró convencer a su progenitor para que la dejase estudiar música. Eso sí, con la condición de que recibiera siempre clases en privado.

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La aldea de Pley

En la aldea de Pley vivían 100 papás, 100 niños, 100 gatos, 100 ratones y 100 abejas. Cada papá cuidaba de su niño, que a su vez cuidaba de un gato. Cada gato cuidaba de un pequeño ratón. Os parecerá increíble, no me preguntéis cómo ni por qué, pero cada ratón cuidaba de una abeja con suma delicadeza.

Cada una de las 100 abejas producía a diario un tarro de deliciosa miel que obsequiaba sin pedir nada a cambio a uno de los 100 papás. Con ella los papás se mantenían saludables y llenos de energía para cuidar de sus niños.

Un día, uno de los papás tuvo que salir de viaje por un motivo inexcusable. Su niño se quedó solo y no se acordó de cuidar a su gato. El gato, ofendido y hambriento, trató de cazar a su ratón. Este último no pudo hacer otra cosa que esconderse, imaginaréis que ni se le pasó por la cabeza cuidar de su pequeña abeja. La abeja, viendo que se había quedado sola, decidió marcharse a otro lugar donde fuera valorada tanto como merecía.